LA INFANCIA DE IVÁN: La lírica en la guerra

La infancia de Iván (Ivanovo detstvo, Andrei Tarkovsky, 1962, SUN)

El nombre de Tarkovsky es uno de esos que resuena en todos los rincones de cinéfilos empedernidos. Sin embargo, aunque eran otros tiempos, nunca consiguió trascender al gran público occidental. La oportunidad de rodar su primer largometraje le llegó en el año 1961, poco después de haberse graduado en la escuela de cine. Precisamente fue su tesis de graduación, El violín y la apisonadora (Katok i skripka, Andrei Tarkovsky, 1961, SUN), lo que hizo que los productores se fijaran en él para continuar una película cuyo rodaje ya había comenzado y se había interrumpido momentáneamente porque habían despedido al anterior director. Era una gran ocasión para dar el salto a la gran pantalla, pero eso significaba estrenarse con una obra en la que su margen de maniobra iba a ser escaso en cuanto a intérpretes y guion. El joven Andrei -de 29 años- buscaría la forma de darle su toque personal sin contrariar los deseos los productores.
Con una puesta en escena muy cuidada, una fotografía magistral y un ritmo pausado pero constante, llevó la película a otra dimensión centrándose en lo lírico de la guerra. Su empeño en buscar y encontrar los pequeños destellos de belleza sin renunciar a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. La icónica escena del romance en el bosque de abedules, Iván corriendo por encima del agua... Son de esos momentos en los que la realidad se entremezcla con lo onírico para, por un momento, olvidarse del conflicto bélico. 
Iván es un huérfano de 12 años que lo ha perdido todo en la guerra; sus padres murieron durante la invasión nazi y, para sobrevivir, trabaja espiando a los alemanes para el ejército ruso. La interpretación de Nikolay Burlyaev, mostrando un claro aplanamiento afectivo y obstinado en luchar contra los nazis pese a su corta edad, es abrumadora. Su papel obtuvo muy buenas críticas y el propio Tarkovsky le recuperaría años después para su segundo largometraje: Andrei Rublev (Idem, 1966, SUN).
Para algunos, una conmovedora y estremecedora obra maestra; para otros, aburrida, lánguida y tediosa. Lo que está claro, es que a Tarkovsky o se le ama o se le detesta; no deja indiferente. El propio director, al finalizar el rodaje, no quedó nada satisfecho. Todo lo contrario pensó el jurado del Festival de Venecia, en el que se alzó con el León de Oro a la mejor película. Es más, a día de hoy, más de medio siglo después de su estreno, sigue siendo el único director que ha ganado el máximo galardón del festival con una opera prima

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